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D/H

EL NOMBRE DE LOS MALFOY 2

TITULO. El nombre de los Malfoy
AUTOR: Helena Dax
CLASIFICACIÓN: R
PAREJA: Draco/Harry
AVISO: Contiene sexo gay, hetero, algo de violencia... Nada demasiado raro.
GÉNERO: Drama, Comedia, Romance
DISCLAIMER: No, siguen sin ser míos.
SUMARIO: Voldemort fue derrotado hace dos años. Draco ha estado cumpliendo condena en Azkaban por haber introducido mortífagos en Hogwarts. Sus padres han muerto, su dinero y su patrimonio está en manos del ministerio y la comunidad mágica no le espera precisamente con los brazos abiertos. Pero Draco está dispuesto a recuperar su vida. Al fin y al cabo, un Malfoy sigue siendo un Malfoy. ¿Y por qué demonios Harry Potter ya no lo trata como si lo odiara?



 CAPITULO 2. Con los muggles

Durante unos minutos, Draco sólo fue consciente de los latidos de su corazón, del temblor que le recorría todo el cuerpo. Después, poco a poco, empezó a relajarse y su mente trató de asimilar lo sucedido. No había esperado ser el mago más popular del momento, pero no había imaginado en ningún momento que la gente fuera a reaccionar así al verlo. Habían estado a punto de lincharlo, quizás incluso de matarlo.
El mundo mágico parecía cerrado para él. 
Y ni siquiera tenía una maldita varita.

Draco no era el hombre más valiente del mundo. Tampoco era el más simpático y, desde luego, no era el más honesto. Pero la gente que lo conocía bien sabía que nunca se daba por vencido. Podía tener algún momento de desánimo, incluso fracasar estrepitosamente, pero siempre volvía a intentar lo que fuera que tenía que intentar y la mente de los Slytherin siempre había estado bien dotada a la hora de sacar el mayor partido posible de situaciones potencialmente adversas.
No te lamentes; planea. Aquel era uno de los pocos consejos realmente sabios que había recibido de su padre.
Por el momento estaba atascado entre muggles, pero por Merlín que él no era uno de ellos. Aun sin varita, contaba con algunas ventajas. Para empezar, podía Aparecerse, lo cual resultaría muy útil si tenía que huir de algún peligro. También contaba con su magia natural y gracias a ella podía permitirse algunos hechizos muy sencillos, como el Accio o el Alohomora. Gastarían mucha energía y le dejarían exhausto, pero resultaba reconfortante simplemente saber que podía ejecutarlos. Además, sus capacidades en Legeremancia y Oclumancia estaban tan desarrolladas que podía contar con ambas sin necesidad de varita.
Y en cuanto se diera un largo, largo baño y se quitara Azkaban de encima, los hombres y mujeres que se cruzaran con él por la calle se lo comerían con los ojos, algo que sería capaz de aprovechar sin la menor duda.
Sintiéndose mejor al haber hecho un recuento de sus ventajas, Draco pasó a ocuparse de sus prioridades. Comida, baño, ropa limpia, un techo para pasar la noche. Con un gesto de determinación, se puso en pie y echó a andar para salir de allí. Una pareja de muggles se quedaron mirándolo sin disimulo y Draco tardó unos segundos en comprender que era debido a su túnica. Maldiciéndose por su error, se la quitó, la dobló cuidadosamente y la sujetó debajo del brazo. Ahora llevaba los pantalones oscuros y el suéter gris con los que había entrado en la cárcel tiempo atrás y aunque le quedaban grandes-había adelgazado-, al menos ya no llamaba tanto la atención.
Sin necesidad de pensarlo conscientemente, Draco paseó por las calles hasta que encontró un pub de aspecto poco lujoso. Los clientes parecían obreros y trabajadores manuales, y despertó un poco de curiosidad, nadie pareció encontrarlo extraño. Draco se acercó a la barra y se sentó en un taburete.
-¿Qué te pongo, chaval?
-Cerveza de mantequilla.
El camarero parpadeó.
-¿Cerveza de mantequilla? ¿Qué demonios es eso?
Draco recordó que no había tal cosa en el mundo muggle.
-Una taza de té con limón-aventuró-. Y...un bocadillo de queso.
El camarero asintió y empezó a preparárselo todo. Cuando le llevó la taza de té, Draco le dio un sorbo y estuvo a punto de escupirlo.
-¿Qué es esto?
-Té con limón, lo que has pedido.
-¿A esto llamas té, muggle...?
Draco estuvo a punto de añadir “estúpido”, pero, por una vez, tuvo la sensatez de callarse antes, comprendiendo que físicamente llevaba todas las de perder. Aun así, al camarero no le hizo mucha gracia oir aquella palabra desconocida.
-¿Qué me has llamado?
Draco pensó a toda prisa.
-Muggle. Significa... “jefe” en... en búlgaro.
Obviamente el camarero no terminaba de creerle, pero al menos no parecía ir a pegarle o a echarle de allí. Draco esperó unos segundos y, esforzándose en sonar cortés, preguntó por el cuarto de baño.
-Al final de ese pasillo, la primera puerta.
Por lo general, Draco habría encontrado repulsivo el estado del lavabo, pero los meses en el refugio abandonado y los dos años en Azkabán había acabado con bastantes de sus melindres. Aquel sitio tenía jabón y eso era realmente lo que había ido a buscar.
Draco se quitó su suéter y la camisa que llevaba debajo y, sirviéndose una gran cantidad de jabón, empezó a lavarse lo mejor que pudo, frotando con energía en el cuello y en la cara. Le habría gustado hacer lo mismo con su pelo, pero no tenía manera de enjuagarse el jabón e hizo lo mejor que pudo sólo con agua. La toalla estaba tan sucia que usó su propia túnica para secarse. Después se miró criticamente al espejo. Aún estaba lejos de sentirse satisfecho, pero al menos ya no parecía un vagabundo mugriento y había dejado de oler al rancio aire de las celdas de Azkabán.
Usando sus poderes para Aparecerse, Draco salió de aquel pub sucio y plebeyo y se dirigió hacia una tienda de Armani que había visto dos calles más lejos. El dependiente le miró con atención cuando entró y Draco se preguntó por un momento si estaba demasiado deseaseado aún para resultar sospechoso en una tienda como esa. Aun así, por arrugada que estuviera su ropa era buena y su acento cuando preguntó por unos pantalones y una camisa resultaba lo bastante aristocrático para que el dependiente le atendiera sin suspicacias. Al fin y al cabo, los jóvenes, por ricos que fueran, seguían modas extrañas.
Draco disfrutó más de lo que esperaba escogiendo la ropa. En el probador se desnudó completamente y se miró al espejo, comprobando que, efectivamente, había adelgazado. Siempre había sido flaco, pero los músculos que había ganado con el quidditch habían desaparecido y sus costillas eran más visibles que nunca. Algunas cicatrices rompían la delicadeza de sus huesos y de su piel. Una larga, fina e irregular le recorría el interior del brazo derecho; era el viejo recuerdo del ataque de un hipogrifo. Otras dos, una en el brazo izquierdo y otra en el costado derecho, se las había hecho en la última batalla. Cinco largas líneas horizontales en su espalda eran todo lo que quedaba del Pentafelix, uno de los castigos de Voldemort por no haber cumplido su misión de matar a Dumbledore Pero la única señal que le importaba no estaba allí. Su antebrazo izquierdo, donde en una ocasión había ardido la Marca Tenebrosa, estaba completamente limpio. Snape, que aún llevaba la suya y la llevaría para siempre, le había dicho que posiblemente había desaparecido al morir Voldemort porque nunca había llegado a matar como mortífago. Nadie sabía el alivio con el que había llorado al despertar en el hospital y descubrir que la Marca que no estaba allí.
Un ligero rugido en su estómago le recordó que ya había pasado la hora del almuerzo. Draco se vistió con toda su ropa nueva, envolvió la vieja en su capa y Desapareció de allí, riendo entre dientes al pensar en lo sorprendido que estaría el dependiente cuando entrara al probador y no encontrara a nadie.
Aunque su pelo aún necesitaba atenciones, con la ropa nueva tenía casi el mismo aspecto que antes de la guerra. Nadie que lo viera podría pensar que no era un joven rico y sin preocupaciones. Cuando entró en el restaurante francés que había visto mientras buscaba el pub, las únicas miradas que recibió fueron apreciativas. Quizás era un poco joven para comer solo en ese sitio, pero desde luego las sospechas no iban más lejos. Draco consultó la carta con el mismo placer infantil con el que había escogido su ropa y encargó su comida con su mejor acento francés. Mientras esperaba a que le sirvieran, partió un poco del pan blanco que había sobre la mesa y se lo llevó a la boca. Un extraño dolor de cabeza le hormigueó durante unos instantes en la nuca y recordó que había sentido algo parecido, mucho más suave, mientras se estaba probando la ropa. Ahora parecía más fuerte, pero desapareció sin dejar rastro cuando estaba empezando a preguntarse de dónde podría sacar una poción para el dolor de cabeza.

Draco usó el mismo truco que había usado en el pub y en la tienda para marcharse del restaurante sin pagar y, sintiéndose agradablemente lleno y satisfecho consigo mismo, volvió a Hyde Park, se sentó en un banco y se puso a planear su siguiente movimiento. Parecía obvio que la ropa y la comida no iban a ser un problema. Supuso que lo siguiente era encontrar un sitio donde dormir. Estaba bastante seguro de que entre los muggles ya no se estilaban las posadas, pero le sonaba que tenían algo parecido, llamado hoteles. Si conseguía que le dieran una habitación, podría pasar allí la noche y Desaparecerse por la mañana. Sin embargo, fue entonces cuando encontró su primer obstáculo. Iba sin equipaje, era muy joven y carecía de documentación, y ningún recepcionista parecía dispuesto a ofrecerle una habitación con tan pocas garantías. Después de probar en siete hoteles más, empezó a pensar preocuparse seriamente por su alojamiento.
Cuando llegó la hora de cenar, entró en otro restaurante y dio buena cuenta de una sopa de langosta y un filete de buey con guarnición. Durante su estancia en Azkaban había estado bastante desganado, pero su cuerpo parecía dispuesto a recuperar el tiempo perdido. Con sólo dos comidas en el exterior, se sentía más fuerte de lo que se había sentido el día anterior y lo único que parecía recordarle que su salud no pasaba por su mejor momento era el dolor de cabeza que seguía incomodándole de vez en cuando.
Draco prorrogó la cena todo lo que pudo, consciente de que cuando saliera del restaurante ya no le quedaría más remedio que afrontar el asunto de buscar alojamiento. Aunque no hacía ya mucho frío y su túnica era abrigada, la idea de dormir al raso no le seducía en absoluto; era una opción tan incómoda como peligrosa. E indigna de un Malfoy, aunque le hubiera tocado pasar por ella mientras huía con Snape.
Al pensar en su antiguo profesor, Draco sintió una punzada de decepción. No se habían vuelto a ver desde su ingreso en Azkaban. No había querido recibir ninguna visita mientras estuviera en aquellas condiciones; la idea de que le vieran allí le repugnaba. Pero sí le habían llegado un par de cartas suyas, llenas de palabras secas y agradablemente familiares, y de algún modo Draco había esperado poder contar con él una vez fuera de la cárcel. Había mil razones que podían explicar su ausencia y, en el fondo, podía entender que quisiera desentenderse de él. Era un problema, y Snape ya debía tener bastantes problemas. No, sería estúpido por su parte relacionarse abiertamente con el monstruoso hijo del no menos monstruoso Lucius Malfoy.
Podía entender la lógica, pero no podía evitar que le doliera. Severus era el único amigo que le quedaba, tan cercano a su familia que casi se podía considerar parte de ella. Verle aquella mañana a la salida de Azkaban habría sido una sincera alegría.
-Perdone, pero estamos a punto de cerrar-dijo un camarero, sobresaltándolo un poco.
Draco tardó un par de segundos en reaccionar.
-Oh...Claro. ¿Me trae la cuenta? Y, de paso, ¿puede decirme dónde está el baño?

Después de probar suerte en cinco hoteles más, Draco comprendió que iba a tener que enfocar su problema de manera distinta y, en vez de tratar de conseguir una habitación, entró en un hotel de aspecto agradable y bastante lujoso como si tuviera todo el derecho del mundo a estar allí. El recepcionista lo miró, pero no llegó a decirle nada y Draco subió por las escaleras al primer piso, Una vez allí, usando sus poderes de Legeremancia, fue pasando por todas las puertas del pasillo, tratando de buscar señales de que las habitaciones estaban ocupadas. Incluso los magos más pequeños o desentrenados tenían unos escudos naturales de los que no disponían los muggles; leerles la mente resultaba absurdamente fácil. Muchos estaban durmiendo ya y Draco vio imágenes de sus sueños, algunos absurdos, otros realistas. De una de las puertas le llegó una imagen de una pareja practicando el sexo más salvaje; no podía decir si el sueño pertenecía al hombre o a la mujer, pero era vívido y le provocó una pequeña punzada en las ingles. Esa fue la señal de pasar a otra puerta. Los Malfoy no eran unos mirones, no si no estaban recopilando material para un buen chantaje.
Todas las habitaciones de aquella planta parecían ocupadas, pero en la siguiente tuvo más suerte y encontró una vacía. Contento, se Apareció dentro y encendió la luz. La visión de la cama casi le hizo llorar de felicidad, pero su mente le urgió a ocuparse de asuntos más inmediatos. Lo primero que hizo fue bloquear la puerta con la mesilla de noche. No impediría que entraran, pero si estaba durmiendo, el ruido le despertaría y, además, tendría unos segundos valiosos para despertarse, coger sus cosas y Desaparecerse. Después, estremeciéndose de placer anticipado, se fue al cuarto de baño, se desnudó y se metió en la bañera.
Primero se duchó, gastando casi todo el jabón en el pelo, frotando cada centímetro de su cuerpo con energía. Cuando por fin se sintió realmente limpio, puso el tapón del fondo y dejó que la bañera se llenara hasta cubrirle el pecho. La sensación maravillosa del agua caliente dibujó una sonrisa casi beatífica en su cara y cerró los ojos, limitándose a disfrutar del momento. Por unos segundos, casi podía olvidar que no tenía todas sus cosas al alcance de la mano, listo para escapar si hacía falta. Podía fingir que todo iba bien, que estaba dándose un baño en Malfoy manor, que su padre estaba en su despacho trabajando en algo y su madre en la biblioteca, estudiando algún hechizo antiguo.Podía fingir que había quedado al día siguiente con Vince Crobbe y Greg Goyle para practicar quidditch o con Blaise Zabini para ir de compras y que por la noche iba a llevar a Pansy Parkinson a cenar y a bailar. En aquel momento, todo parecía perfecto.
Draco no salió del agua hasta que no se sintió arrugado como una pasa. Después de secarse con una toalla, se envolvió en el albornoz del hotel y limpió el vaho del espejo para poder mirarse el pelo. Mojado como estaba, era capaz de saber que estaba tan limpio como siempre habría debido estar. El cuero cabelludo le picaba un poco, como si echara de menos la capa de suciedad a la que se había acostumbrado en los últimos dos años.
Bostezando, Draco cogió sus cosas y salió del cuarto de baño. La cama resultaba más incitante que nunca. Habría dormido desnudo por su comodidad, pero la idea de tener que Aparecerse a toda prisa en otro sitio en pelotas no le resultaba muy atrayente, así que se puso los calzoncillos y los pantalones que había comprado aquella mañana y dejó el resto de sus cosas sobre la cama. Las palabras de su madre advirtiéndole que no se fuera a dormir con el cabello mojado resonaron en su cabeza, pero la cama era demasiado confortable y tenía demasiado sueño y se quedó dormido casi sin darse cuenta.

Draco se despertó a la mañana siguiente sintiéndose descansado y de buen humor. Seguro que todo el mundo mágico pensaba que se encontraba abandonado y muriéndose de asco en algún rincón. Pero había comido como un rey, tenía ropa decente y había dormido en una cama cómoda y acogedora. Que se jodieran todos; no iban a acabar con él tan fácilmente.
Pero después de desayunar y comer por ahí, llevando a todas partes su exiguo equipaje envuelto en su túnica, su buen humor se disipó un poco. Ciertamente había dado con una solución de emergencia, pero no podía pasar el resto de su vida así, creando entre esos estúpidos muggles la leyenda de un joven rubio y asombrosamente sexy que comía en los mejores restaurantes y desaparecía como por ensalmo. Sin embargo, la única mejora que pudo conseguir ese día fue hacerse con una maleta en la que llevar su ropa.
Aquella noche, no durmió tan bien. Tuvo una pesadilla en la que Voldemort mataba a su madre sin que él pudiera hacer nada para impedirlo y se despertó a las tres de la mañana con la cara húmeda de lágrimas. Habiendo empezado ya en sueños, no fue capaz de parar y se permitió a sí mismo llorar sin trabas, porque la pena era demasiado grande y, en cualquier caso, no había nadie que pudiera verlo y acusarlo de ser un blando. No había llorado en Azkabán ni una sola vez, no había querido darles el gusto a los guardias de verlo así, pero ahora las lágrimas tenían vida propia y clamaban por salir, amargas y abundantes. "Todos muertos", pensaba, desesperado. "Todos muertos". Pero también lloraba por sí mismo, por la vida que había dejado atrás.
Exhausto por las lágrimas, volvió a quedarse dormido, y esta vez soñó con Harry Potter. En su sueño, Potter y él estaban jugando al quidditch en Hogwarts y, como siempre, el Chico de Oro conseguía hacerse con la snitch. Pero aquella vez, en vez de alegrarse por su triunfo, Potter le mostraba las manos, rojas de sangre, como si las alas de la snitch estuvieran hechas de metal afilado, y le preguntaba si realmente era eso lo que quería.
Draco no tuvo tiempo de analizar ese sueño porque el estrépito de alguien intentando acceder a la habitación le despertó. Sin pensárselo dos veces, cogió su maleta y se Desapareció. Un segundo después estaba en el callejón trasero del hotel, con todos los sentidos alerta, tratando de escuchar algún ruido que sugiriera que le habían descubierto de alguna manera y que iban a por él. Como no parecía ser así, Draco se atrevió a moverse y salió a la calle.
Al no llevaba reloj, no tenía ni idea de la hora que era, pero prefirió quedarse ya en la calle y no buscar ningún hotel. La zona era demasiado céntrica para estar realmente desierta y al final le preguntó la hora a un muggle vestido con traje y corbata que parecía estar dirigiéndose al trabajo. Eran ya las cinco y media y no tardaría mucho en amanecer.
Draco vagabundeó de nuevo por ahí, con la cabeza embotada por la mala noche. Su mente volvía una y otra vez a sus dos sueños, pero como no soportaba pensar en el de su madre, se concentró en el otro. Harry Potter... ¿Por qué había tenido que soñar con él? ¿Y qué se suponía que significaba toda esa sangre? Sin duda Potter no podía pensar que aún deseaba matarlo o verlo muerto; no había deseado tal cosa desde su huída de Hogwarts y, aunque la mayoría no quisiera reconocerlo, habían terminado luchando en el mismo bando.
Sin saber muy bien por qué, se encontró pensando al final en la breve conversación que había tenido con él un par de días atrás. Potter no había actuado como el héroe triunfador que sin duda era. En cierto sentido, estaba tan apagado como los derrotados. Draco no pudo evitar preguntarse qué habría pasado para que tuviera esa actitud y se sorprendió a sí mismo cuando descubrió que esa extraña sensación que tenía en la boca del estómago era algo parecido a un preocupado interés. ¿Qué le importaba a él lo que pudiera pasarle a Potter? Bastantes problemas tenía ya con su propia situación como para dedicarle su atención a alguien que nunca le había caído bien.
La cabeza le dio un coletazo de dolor y Draco apartó con fastidio al Chico-que-vivió de sus pensamientos. Tenía que concentrarse en su propia vida.

Durante unos días más, Draco siguió con su vida nómada, usando sus limitados poderes para alimentarse y encontrar alojamiento, moviéndose no sólo por Londres, sino también por otras ciudades grandes del país. En ocasiones eso parecía suficiente y en ocasiones, no. Y aunque los pensamientos desagradables no le resultaban del todo desconocidos, y además aún tenía esos extraños dolores de cabeza, consiguió recuperar gran parte de las fuerzas, tanto físicas como mentales, que había perdido en Azkaban.
Una sábado por la noche, de camino a un hotel, se cruzó con un par de chicas de su edad que sin duda se disponían a ir a una discoteca. Una de ellas era verdaderamente atractiva, mulata, con unas curvas increíbles, y por primera vez en mucho tiempo, Draco sintió una inconfundible punzada de deseo. Al principio no quiso hacerle caso y consideró que no era el momento ni el lugar para aquellas exigencias. Lamentablemente, su cuerpo joven y cada vez más sano no estaba, ni por lo más remoto, de acuerdo con sus prioridades. Pronto tuvo que desahogarse consigo mismo y al cabo de unos días, en lo único que podía pensar era en la sensación de una piel cálida contra la suya, en sudor, lenguas, jadeos.
En las viejas familias del mundo mágico, donde sus miembros tenían escasos contactos con muggles, las preferencias sexuales de cada uno tenían tan poca relevancia como el modo en el que tomaban el té. Hasta cien años antes, los matrimonios eran concertados por los padres y perseguían crear alianzas y traer más magos de sangre pura al mundo, pero las cosas habían cambiado desde entonces. Lucius y Narcissa se habían casado porque se querían. Su madre le había contado mil veces lo loca que había estado por su padre en sexto año, lo feliz que se había puesto al recibir una invitación suya para ir al baile de Navidad de séptimo. Él no necesitaba que su padre le dijera nada, pues bastaba con saber que, por primera vez en muchas generaciones, el heredero de los Malfoy no había buscado esposa en Francia, de donde provenía su familia. Y aunque a ellos y a los Parkinson siempre les había hecho ilusión pensar que sus dos hijos podían casarse, nunca les habrían forzado a un matrimonio en contra de su voluntad,
Pero los matrimonios eran una cosa y el placer y el deseo, otra. Hombres o mujeres, daba exactamente lo mismo. Su tío Scorpio Malfoy, muerto a manos de unos gigantes cuando él tenía siete años, había tenido predilección por los hombres de piel morena y nadie había dicho nunca nada al respecto. Los magos de esas familias rara vez trataban de concretar su deseo en una etiqueta y Draco sólo sabía que algunas veces alguna chica le resultaba atractiva y otras, era un chico. Si se hubiera esforzado mucho habría concluído que se había sentido atraído por más hombres que por mujeres, pero no habría llegado mucho más lejos ni veía razón para hacerlo.
Eran los magos relacionados con muggles, ya fuera por sangre o por elección, los que habían incorporado al mundo mágico las nociones de la homosexualidad, la heterosexualidad y la bisexualidad. También habían sido ellos los que habían introducido los insultos al respecto, los prejuicios extraños al mundo mágico. Había muy pocos insultos que Draco no hubiera usado en sus veinte años de vida, pero jamás había atacado a nadie por sus gustos en la cama, simplemente porque no le parecía algo sobre lo que fuera posible atacar. El hecho de que muchos magos de origen muggle consideraran la preferencia por el propio sexo como algo digno de burla le confirmaba en sus ideas de que los muggles eran unos bárbaros con ideas ridículas.
Cuando Draco comprendió que tenía que pegar un polvo o acabar completamente loco, lo único que tuvo en cuenta fue que debía ser tan difícil llevarse a la cama a una chica muggle como a una chica bruja. Al menos necesitaría un par de citas para conseguirlo, y lo que quería, lo quería ya, aquella noche. Así que se Apareció en el Soho, cargado como siempre con su maleta, y se fue a buscar un pub de clientela mayoritariamente masculina.
Después de unos cuantos intentos, encontró el tipo de bar que buscaba. Era la primera vez que entraba en un sitio así, pero no se sintió ni nervioso ni inseguro. Entornó los ojos con una sonrisa de depredador y disfrutó de la atención que estaba empezando a despertar a su alrededor. Vestido de negro y con su llamativo pelo rubio suelto hasta los hombros, parecía una especie de ángel caído. Su rostro había agradecido la buena alimentación de los últimos días: sus mejillas estaban ligeramente redondeadas y su piel se veía tan perfecta como siempre. Incluso con veinte años, Draco sólo tenía que afeitarse dos o tres veces por semana.
La Legeremancia resultaba tremendamente útil en esos casos. Después de hacer una primera selección entre los que más le gustaban, leyó sus mentes para saber qué pensaban exactamente y terminó lanzándole una pequeña sonrisa incitante a un chico de su edad, con cuerpo de atleta y gafitas redondas Este se acercó sin poder creer su suerte y le preguntó con voz tímida, como Draco había esperado, si podía invitarle a una copa. Draco asintió y los dos se fueron a la barra. Allí el chico pidió dos cervezas.
-¿Cómo te llamas?
-Draco Malfoy. ¿Y tú?
-Justin Bloomsfield. Draco, ¿eh? Nunca había oído ese nombre, pero está bien. Me gusta.-Draco se limitó a apreciar el cumplido con una breve inclinación de cabeza. Nunca le habían hecho mucha gracia los comentarios sobre su nombre-. ¿Por qué llevas esa maleta? ¿Te vas a algún sitio?
-Es una historia muy larga.
Justin sonrió un poco.
-Y no me la vas a contar.
-No.
-El camarero es un buen amigo mío. Si quieres le digo que te la guarde detrás de la barra. Así podemos... bailar y eso, si quieres.
Draco pensó un poco. Era desconfiado por naturaleza y educación, y no estaba seguro de que su maleta fuera a volver a sus manos al final de la noche, pero le apetecía bailar y apretarse bien contra Justin y optó por aceptar su oferta. A excepción de su túnica, que apenas usaba, no tenía nada dentro que no fuera fácil de reemplazar.
Una vez en la pista, Draco se sintió absurdamente libre. Siempre le había gustado bailar. Su cuerpo, grácil y elegante, se movía al ritmo de la música de modo naturalmente sensual. Durante un buen rato ni siquiera pensó en Justin, sólo en la música, en sus movimientos. Después sintió el roce de una mano en su cadera y abrió los ojos y allí estaba Justin, con mirada ligeramente febril. Draco esbozó una sonrisilla maliciosa y se apretó contra él, reprimiendo a duras penas un gemido cuando se tocaron. Con unos simples roces, el bulto en sus pantalones se hizo más notorio y, sin poder contenerse, Draco acercó la cara a él y le besó con voracidad, sin pensar siquiera que aquella era la primera vez que tocaba a un muggle. “Por Merlín,, podría correrme en cinco segundos sólo con esto”, se dijo, casi disgustado consigo mismo. Pero hacía tiempo, hacía tanto tiempo...
Draco conjuró las peores imágenes que pudo-Voldemort en tutú, Voldemort en tutú- para poder aguantar un poco más. Aunque en esos momentos no podía pensar con claridad, no necesitaba la Legeremancia para saber que Justin estaba casi tan deseoso de follar como él mismo.
-Vamos al cuarto de baño.
Justin asintió y le llevó hasta los lavabos. Había un hombre barbudo usando el urinario, pero le ignoraron mientras se metían a toda prisa en uno de los excusados para seguir besándose. Draco le dio un mordisco en el cuello y se restregó contra él. El dolor en la entrepierna se hizo casi insoportable y, sin darse cuenta ya de lo que hacía, le puso las manos sobre los hombros y presionó hacia abajo para indicarle lo que quería.
-¿Luego me lo harás tú?
-Sí... –Draco tuvo que morderse la lengua para no añadir “lo que quieras”. Por Merlín, aquello era peor que la Cruciatus-. Pero hazlo ya, no puedo aguantarlo más.
El chico dudó un poco, pensando sin duda en la sombra de las sucias enfermedades muggles, pero se arrodilló frente a él y le desabrochó los pantalones y, sin más vacilaciones, empezó a hacerle una mamada.
Draco cerró los ojos, gimió y se corrió a los diez segundos. Justin arqueó las cejas y sonrió.
-O soy muy bueno o hacía mucho tiempo que no hacías esto.
Draco suspiró por toda respuesta y se dejó besar lánguidamente. Después notó las manos de Justin intentando levantarle para cambiarse el sitio. La idea de que iba a meterse una polla muggle en la boca le llenó de aprensión durante unos segundos, pero como tenía la certera impresión de que iba a volver a estar duro como una piedra en pocos segundos, accedió a hacérsela para tener luego la oportunidad de una segunda ronda. Tranquilizado en cuanto vio que no apreciaba diferencias entre magos y muggles, Draco explotó todos sus trucos para obligarlo a correrse lo más rápido posible y después, Justin se hizo cargo de su nueva erección.
-Esto ha estado muy bien-dijo Justin, abrochándose los pantalones y arreglándose la ropa. Draco hizo un ruidito poco comprometido mientras se peinaba distraídamente con los dedos. Un intercambio apresurado de mamadas en un cuarto de baño público difícilmente merecía una nota tan alta, por mucho que hubiera sido un alivio-. ¿Volvemos a la pista?
Pero Draco ya había conseguido lo que realmente había ido a buscar y el dolor de cabeza volvía a molestarle bastante. Después de un par de canciones, viendo que no se le pasaba, decidió que había llegado el momento de irse a dormir.
-Me voy a ir ya, no me encuentro bien.
-¿Qué te pasa?
-Me duele la cabeza-dijo, dirigiéndose a la barra a por su maleta.
-¿Quieres que te acerque a algún sitio? Tengo el coche ahí fuera.
-No, puedo arreglármelas solo.
Draco suspiró con alivio cuando vio que el camarero le devolvía la maleta sin problemas. El dolor estaba intensificándose y no necesitaba el disgusto de verse sin ella. Lo único que quería ya era irse a dormir cuanto antes. Justin se puso delante de él.
-Oye, Draco, me gustaría volver a verte. ¿Crees que podríamos quedar aquí el sábado que viene?
Haber cambiado algunas opiniones sobre los muggles era una cosa. Salir con uno, era muy distinto. No estaba preparado y esperaba, sinceramente, no llegar a estarlo nunca.
-Ahora no me interesa tener una relación.
-No hablo de una relación-dijo, aunque la decepción en sus ojos era visible-. Hablo de follar.
-Bueno, ya veremos.
Draco salió del pub y respiró hondo al notar la brisa fresca de la noche. La calle no estaba desierta del todo. Había dos locales más y algunos grupitos de gente charlaban en las puertas. Buscando un sitio desierto en el que Desaparecerse, Draco se marchó hacia una calle de la que no parecía provenir ningún ruido.
El ligero frío hacía que la cabeza le doliera un poco menos y su cuerpo se sentía agradablemente saciado. Ante la imagen de Justin arrodillado frente a él, con las gafas medio empañadas por el calor que estaban generando entre los dos, sonrió para sí mismo. Era malditamente bueno volver a tener sexo después de tanto tiempo de abstinencia. Que le mataran si sabía cómo el viejo Severus podía mantener una castidad casi de por vida. Aunque algún comentario que otro habían insinuado que él y Lucius podían haber hecho algo cuando el primero aún estudiaba en Hogwarts. Draco encontraba la posibilidad tan divertida como incómoda.
No lo vio llegar.
Un golpe terrible en las costillas le hizo caer al suelo y oyó cómo alguien empezaba a llamarlo maricón a gritos. Otra patada le rompió el brazo y Draco, aterrado y confuso, alcanzó a ver a tres chicos con la cabeza rapada y bates parecidos a los de quidditch. Uno de ellos sacó una navaja.
-Vamos a marcarte esa carita de niña que tienes, maricón de mierda.
Draco trató de huir de allí, incapaz de recordar siquiera la posibilidad de Desaparecerse. Uno de los chicos le dio una patada en la cara y otro se puso detrás de él para sujetarle la cabeza e impedir que se apartara de la navaja.
Ninguno de ellos, ni siquiera Draco, se fijó en que los cristales de las ventanas de los pisos y los coches habían empezado a temblar. El chico de la navaja acercó la punta a su mejilla y apretó lo justo para hacerle sangrar un poco.
-Mmmm, ¿qué podría hacerte?-dijo el chico, sonriendo con la locura y el odio de un mortífago.
Draco cerró los ojos con fuerza y, de repente, se escuchó una especie de explosión sorda, extraña, y el ruido de unos cristales rotos. Un segundo después, las manos que le sujetaban, la presión de la navaja, habían desaparecido y Draco se atrevió a mirar. Los tres chicos estaban tirados en el suelo, sin sentido.
Temblando como una hoja y sin comprender qué había pasado, Draco intentó ponerse en pie, pero apenas había dado dos pasos vacilantes cuando se cayó al suelo, tan inconsciente como sus agresores.
Durante unos segundos, la calle permaneció silenciosa y sin vida. Después, una figura oscura se Apareció fuera del alcance de las farolas y se acercó a Draco.
-Estúpido mocoso...-gruñó entre dientes.
La figura observó a los otros chicos y se hizo una idea aproximada de lo que había pasado. Con un movimiento grácil y preciso, sacó una varita del bolsillo y ejecutó en cada uno de ellos un hechizo de cosecha propia que aseguraba una diarrea persistente durante diez días. Después cogió a Draco en brazos con cuidado y se Desapareció.

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